Nota de prensa

Joven argentino comparte las enseñanzas que recibió al servir en África 

Cuando Esteban Frol recibió su asignación para servir como misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en la Misión África Oeste, poco imaginaba cuánto cambiaría su manera de ver la vida.

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Durante meses vivió entre comunidades de Liberia, un país ubicado en la costa occidental de África que aún enfrenta los desafíos heredados de años de conflictos. Allí encontró algo que no esperaba: una fe profunda, una gratitud constante y personas que, pese a las dificultades, viven con esperanza.

“Si hay alguno que está depresivo, que vaya a Liberia”, comenta entre risas. “Que vea cómo, a pesar de los problemas que tienen, son felices y siguen adelante. A veces nosotros nos desanimamos por cosas pequeñas, pero ellos encuentran felicidad en las cosas simples y agradecen tener un día más de vida”.

Una lección llamada Julius

Entre las muchas personas que conoció, hay una historia que permanece grabada en su memoria. Todo comenzó cuando él y su compañero misional se cruzaron con un hombre llamado Julius, quien se encontraba en evidente estado de ebriedad y les pidió que visitaran su hogar.

“Pensamos que no sería un buen contacto y seguimos caminando”, recuerda Esteban. Sin embargo, días después, cuando todas sus citas fueron canceladas, decidieron visitarlo. La sorpresa fue total. “Nos recibió completamente sobrio y con un enorme interés por aprender. Se maravillaba con todo lo que le enseñábamos acerca de José Smith, la Primera Visión y el Libro de Mormón”, señaló.

Julius comenzó a asistir a la Iglesia y finalmente se bautizó. Con el tiempo, se convirtió en un líder respetado dentro de su congregación y fue llamado para enseñar cursos de autosuficiencia. “Es uno de los hombres más inteligentes que he conocido. Aprende rápidamente y tiene un gran talento para enseñar”, afirma Esteban.

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Pero más importante aún fue la lección que él mismo recibió. “Aprendí a no juzgar. No podemos evaluar a una persona por su apariencia o por sus circunstancias. Cada persona es un hijo de Dios y Él ve en nosotros un potencial divino que muchas veces nosotros mismos no alcanzamos a ver”.

Comprender la Expiación

La experiencia misional también transformó su comprensión de Jesucristo. “Antes pensaba que tenía que ser perfecto y cumplir todo impecablemente”, explica.

Sin embargo, al enseñar constantemente sobre la Expiación del Salvador, comenzó a comprenderla de una manera más personal.

“Entendí que Jesucristo murió por nuestros pecados y que Él puede cambiarnos. Me da tranquilidad saber que es más accesible ser digno que no serlo. Él ya hizo todo lo necesario para nuestra salvación y nosotros simplemente debemos arrepentirnos y esforzarnos por ser mejores cada día”.

Un pueblo marcado por la fe

Cuando recuerda Liberia, Esteban habla primero de su gente. “Es un país muy verde, con mucha vegetación y selva, pero lo más hermoso son las personas”.

Describe una sociedad donde cristianos y musulmanes conviven con respeto y donde la fe forma parte de la vida cotidiana. “Ellos siempre dicen que todos estamos buscando al mismo Dios. Cuando enseñábamos, la gente nos escuchaba porque entendían que estábamos compartiendo la palabra de Dios”.

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También recuerda cómo las comunidades se apoyan mutuamente en medio de las dificultades económicas. “Se ayudan como una gran familia. Cuando alguien tiene una necesidad, todos intervienen”.

La fe de una abuela

Entre las últimas personas que enseñó se encontraba Isatu, una abuela que criaba sola a sus tres nietas. Su situación económica era extremadamente difícil. Muchas veces no sabía qué comería al día siguiente porque destinaba todo lo que tenía a la educación de las niñas. Sin embargo, nunca perdió la fe. “Ella siempre decía: ‘Dios me envía lo necesario. Y si un día no hay, no se lo reprocho’”.

Lo que más impactó a Esteban fue que, pese a sus limitaciones, Isatu constantemente invitaba a los misioneros a compartir una comida en su hogar. “Para nosotros era un milagro. Ella me recordó a la viuda de Sarepta. Tenía muy poco, pero estaba dispuesta a compartirlo”, enfatizó.

Una nueva manera de medir la felicidad

Al concluir su servicio, Esteban regresó con una convicción profunda. “La felicidad no se encuentra en los éxitos. La felicidad se mide en bendiciones”.

Ver personas agradecidas por un nuevo día de vida, por una comida o por la oportunidad de aprender le enseñó a valorar cosas que antes daba por sentadas. “Tenemos muchas bendiciones y a veces ni siquiera las vemos. Ellos me enseñaron que la gratitud cambia la manera de vivir”.

Hoy, al recordar Liberia, no piensa primero en las dificultades del país, sino en la fe de su gente y en las lecciones que lo acompañarán para siempre. “Servir allí fue una experiencia única. Aprendí que la verdadera felicidad nace de la fe, de la gratitud y de confiar en Dios, aun cuando las circunstancias sean difíciles”.