Hace más de 2000 años, Jesús de Nazaret enseñó una manera más elevada y más santa —más elevada que la inculcada por líderes religiosos de Su época y, ciertamente, más elevada que nuestras inclinaciones naturales. Tal vez la más asombrosa de Sus invitaciones es esta: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).
Es fácil amar a nuestros amigos, y con un poco de esfuerzo podemos amar a un extraño. Pero, ¿es siquiera posible amar a quienes nos odian, cuando el mundo y nuestros propios instintos nos impulsan a tomar represalias y devolver el maltrato con odio? ¿No nos hace débiles y vulnerables el amar a nuestros enemigos?
Por el contrario, amar a nuestros enemigos requiere un grado inmensurable de valor y fortaleza. Más aún, nos da acceso a fuerzas superiores a las nuestras. Eso no quiere decir que vayamos a permanecer en relaciones peligrosas o abusivas, sino que nos sobrepondremos a cualquier sentimiento negativo.
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Ciertamente, a veces nos tropezamos con personas que hacen la vida difícil, en ciertos casos hasta insufrible, pero nunca disminuiremos el mal con más conflicto. La idea de que se puede combatir el fuego con fuego es una falacia; los bomberos saben que el agua da mejores resultados. Nada extingue una situación incendiaria como la bondad, la compasión y el amor.
Esa es la manera más elevada y más santa; y es también la más feliz, aun cuando resulte más difícil. Quizá pensemos que se requiere un milagro para amar a un enemigo. Bueno, el Maestro que nos mandó amar a nuestros enemigos es en sí, un Dios de milagros. Quienes han puesto a prueba las enseñanzas del Señor, atestiguan de Sus milagros; a veces un cambio en el corazón de nuestro enemigo, pero casi siempre, un cambio en nuestro corazón.
El amor genera más felicidad y paz que lo que podrían ofrecer las represalias. No llama la atención que Jesús prometiera Su reino a los pobres de espíritu, la tierra como heredad a los mansos, y misericordia a los misericordiosos (véase Mateo 5:3, 5, 7).
Al inculcarnos esos divinos principios, el Señor nos enseñó cómo parecernos más a Él; no hay nada más elevado a lo que podamos aspirar. Su manera es en verdad la más elevada, la más santa, y la más feliz.
Fuente: Música y Palabras de Inspiración (Music and the Spoken Word)